me estremecieron las delicias empalagadoras d tu miel
q casi tímidas y osadas posábanse, tiernas, en mi piel
El vértice en q cae el plano de mi espalda, suave, mecían
mientras al blando cuenco d mis hombros, temerosas, caían;
su remolona pesadez lame las collares vecindades
hipnotizándo mis arterias con arabescas veleidades.
Uniéronse a la travesía tus rosadas palmas tímidas
q se temperaban restregándose en mis carnes lívidas.
En acrobática exploración, al abismo, se asomaba tu pulgar,
y las cutáneas
paredes mimaba en su rítmico columpiar;
cual río d crema, una tersa mano tras él se deslizaba
hidratando con sus aguas el basto desierto en el q entraba.
Caprichosos, al hondo precipicio tus dedos se negaban,
rasgando cada hueco; a cada íntimo poro se aferraban.
Los músculos alterados alertaban tu extensa invasión
y, erizándose a la diana, oponían inútil rebelión.
Mis omóplatos revoloteaban tus vándalos qerubines,
provocando pilosas reacciones y epidérmicos motines
q amorosas tortugas blindadas, las aplastaban sin pudor,
emocionando mis entrañados confines con tenue estertor.
El lúdico paso repetían en cada gélida región
qebrando tempánicas resistencias para la nueva invasión.
Diez punzantes lancetas se me clavaron con impío furor
anunciando la inminente llegada d los Padrinos del Amor,
dos babosos labios relajados, q en mi cuello amarizaron
con impulso pasional, y al selénico sur se arrastraron,
estampando en el terreno sus húmedas huellas singulares,
y eleváronse en un salto, para caer en latos lugares
deteniéndose al final en el lecho d mi océano lumbar;
el fervor d tus sellos mis llanos dorsales hacía crispar,
fueron tus manos ansiosas a rodear mis caderas sumisas,
a escalar las supinas laderas d mis colinas mellizas
y en los estratos lumbálgicos tu lengua, vivaz, auscultaba,
trepando hasta el cóxis, tejiendo su cálida tela de baba.
Tu comedido mentón copó allí posición estratégica,
seguido x jugosos labios y fina nariz helénica.
Tus diez fugitivas ardillas se encaramban a la cumbre
x las firmes paredes de Pelión y Olimpo, tal la costumbre.
La soledad hizo vulnerables aqellos montes vecinos,
las tectónicas presiones dilataban el íntimo hocino,
en él, con decisión porfiada, se aventuraba tu barbilla
torturando mis piramidales con burbujas d cosqillas,
y mientras se internaba tu faz x la solitaria senda austral,
fieras, tus garras, disputaban impúdica pulseada carnal,
agitábase en el abismo tu loca qijada emergida
en tanto tus labios guindados buceaban x landas prohibidas.
Tu Parnaso enervaba nuestras molicies despabiladas
trayendo refrígeras lluvias d tus fauces aprisionadas.
Batiendo unas ocres totoras tu lengua escabrosa jugaba,
con la saliva d tu aliento, la magra infloración regaba,
y patinó en un suspiro Dalíesco hacia el centro del tremedal
haciéndose presa d éste un pavoroso temblor nirvanal;
buscando la tierra firme desesperada se revolcaba,
con las papilas dilatadas, a las paredes se aferraba...
En el fondo, un hirviente geiser en confuso ritmo bullía
cuanto mas tu pulpa
morbosa, frenética, se debatía;
Cien aludes y sacudones a los colosos agitaban,
las lánguidas llanuras del árido septentrión tiritaban,
angustiada, tu nariz, en heróico rescate se zambulló
y con levísimo roce, la senda del regreso enderezó;
tras mística experiencia d tu lengua transida y desmayada,
rodaba el sinuoso camino vertebral de la retirada.
Tus manos, ya aburridas, x los flancos encontraron mi pecho,
x su osadía, presas qedaron entre mis carnes y el lecho.
airados, tus dedos luchaban x zafar d aqella prisión
hecha de ciclópeas paredes de músculo tenso y rayón,
reptó sigiloso tu cuerpo vibrante libándose al mío,
tus jugos celosos agitáronme en brutal escalofrío;
frotándose pacientes, nuestras pieles, sus sudores mascaban,
preparando las mixturas q los bocados d Eros rogaban.
Acomodadas ya tus curvas al lecho en mi torso amasado,
en qieto sopor, se trenzaban, disfrutando lo q han gozado;
Sumergidos en tal trance, en q el clima y el tiempo no
existían,
captaban nuestros cuerpos el eco d lejanas letanías
atronando virtuosas en el ecuador d nuestros físicos,
cual si Terpsícore y Euterpe animaran saraos olímpicos;
La fruición d la incorpórea carne d mi espíritu me ahogaba
cuando tu breve ombligo sobre mi cordillera diastolaba;
tus nerviosos rectos tensionados, vieneses valses danzaban,
con duras fibras bronceadas la zaga d mis muslos besabas,
con la salvaje carga d tu peso aplomado en tus rodillas
yo soportaba, extasiado, con mis flageladas pantorrillas;
Mis manos enloqecidas a tus rudos brazos se amarraban,
convenciéndolos d q desgarren mis deltoides... los guiaban;
con los morados pétalos d tu pecho mi espalda hendías
cuando tu delicada crisálida en mi albo moisés mecías;
sumidos en ésa extrapolada y celestial coreografía
al son d mis trémulos
resuellos, tu capullo florecía,
fue creciendo imparable aqella afrodisíaca oruga ardiente,
su bermeja piel ablucionaba con tu saliva en mi fuente,
y en voluptuosa manía, acunábase tu obelisco hominal
buscando mi honcejo, su íncubo talle y el estío infernal,
ya erguido asomó su moharra en el creófago imperio d Urano,
y con su ojo vió, al final de éste tunel, la Fragua d
Vulcano,
cuando se abría ansioso aqel hontanar del País d los Mojos,
ofreciendo mi Crisomalión al arbitraje d sus antojos;
medrosamente se aventuró a las voraces fauces rectales
q custodiaban, cerrándose celosas, deseadas vestales,
aqel pronto se volvía, x temor a la intestina agresión,
mas, regresaba tozudamente a emprender una nueva incursión:
qinientos fueron sus ataqes, y tantos fueron repelidos,
nuestras graves voces se fundían en un coro d gemidos,
desesperaba el Hipogrifo encerrado en mi férreo toril,
al no poder vencer mi resistencia tu enardecido misil...
nuestras pieles sudadas temblaban como hojarasca indefensa
en tormentas d caricias y dolores; d pasión intensa;
tibias brisas d ahogado aliento soplaban mi mordida cerviz
mientras seguías empecinado consumando la histólisis.
¡ Te invoco a tí, mítico y escandinavo dios Tor, apolíneo,
descarga en mi grao toda la furia d tu martillo ígneo !
¡ q machaqes, hasta desfallecer y qedar en carne viva,
en el mortero q contiene mi morbosa ansiedad lasciva!
¡ q sumerjas hasta la horcajadura, en mi crisol bullente
la esencia completa d tu viril trepanador insolente !
¡ te imploro, sin gazmoñería, aliméntame con tus coladas,
y en el yunqe q te ofrezco moldea tu gaya crisma insolada !
¡ Ven y destila x entero en mi enajenado horno visceral tu
elixir refinado q sufusione nuestro instinto animal
hasta q una soldadura d crúor nuetros jadeos funda...
y se acalambren los músculos tras delirante unión coyunda;
hasta q el calor nos dé frío y el gran dolor nos haga reír,
y así, desplomada tu figura en la mía, te eches a morir.
Llegó, al final, la maravilla d un latigazo profundo
q restallaba en mi universo tu Minotauro rubicundo,
la eternidad y la nada se confundían en mis entrañas,
llenándolas con mil Vías Lácteas q escupía con blanca
saña...
tus seminales jugos se esparcían, retando a las Súmulas,
desenfrenados, sin cordura, desvariando nuestras brújulas,
mojando, tu albina linfa surgente d gema diamantina,
mi galactófago Tártaro, d tu rojiza capelina.
Dos hormigueros se trenzaban en feroz lucha en mi médula,
y se abatió una gigantesca prensa sobre mi mandíbula;
discutían los sentidos la Realidad d éste solipsismo
en su inspiración, disfrutando el Yo ser tú y el Tú ser yo
mismo.
Mil ratones d tu hacienda, mi frágil duramadre roían,
mis neuronas sobreactivas al rojo blanco resplandecían
tras ése instante eterno en q se fundían cielos e
infiernos...
tus guturales rugidos se calmaban como lirios tiernos;
después q aqel Grifo me hubo lanzado su última bocanada,
lento y manso se aflojaba tras la victoriosa nubarada.
Ya calmadas las aguas d aqellas turbulentas marejadas,
Don Dolor salaba nuestras malheridas costas amansadas,
y así, mimando nuestras llagas, tu humanidad sobre la mía,
la piedad d Morfeo, en sus plácidos reinos nos sumía.
Marzo
1995
